La Iglesia como madre y maestra nos propone, que el mes de septiembre sea un mes dedicado a la Santa Biblia; no porque se tenga que leer solamente en este mes durante todos los días; sino, sobre todo, para recordarnos que el alimento primordial, juntamente con la Fracción del pan, en nuestro peregrinar es la palabra de Dios que se encuentra en la Santa Biblia: esta maravillosa colección de libros, que a pesar de que hayan trascurrido más de veinte siglos, después de la redacción de los últimos libros de la Biblia, nos sigue leyendo e interpelando; por eso es una gracia que cuando recurrimos a ella con preguntas y lo que encontramos son más preguntas; en ese sentido acercarnos a la Biblia es aceptar la interpelación del Señor; Él nos hablará y leerá nuestra vida: “pues, viva es la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta la división entre alma y Espíritu, articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y pensamientos del corazón” (Heb 4,12)
La práctica de la lectura orante, tiene su origen en las primeras comunidades cristianas: “se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en la oración” (Hech 2,42); así mismo el Nuevo testamento es el resultado de la lectura que los primeros cristianos hacían del Antiguo Testamento a la luz de sus problemas y a la luz de la Nueva Revelación que Dios hizo de sí a través de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, vivo en medio de la comunidad. Sin embargo también hubo una época en que la lectura orante no fue fomentada, ni siquiera en la vida religiosa; pues era el infeliz efecto de la contrarreforma, que tenía miedo a que los fieles hagan una interpretación individualista, que rompía la comunión con la Iglesia. Pero con el Concilio Vaticano II se recupera la tradición antigua, y en la Dei Verbum, recomienda la lectura orante (DV 25).
La lectura orante, para evitar desviaciones supone algunos principios: la Unidad de las escrituras; la actualidad o encarnación del evangelio; y la fe en Jesucristo vivo en la comunidad. También la Iglesia a lo largo de la historia ha ido cultivando esta lectura orante en base a cuatro pasos fundamentales, tanto para la lectura individual como comunitaria: 1) La lectura, trata de responder a la pregunta ¿qué dice el texto?; es un paso para conocer y amar la palabra de Dios; esta lectura no se puede hacer superficial; sino ante todo debe ser una lectura perseverante y diaria, y eso exige disciplina; también este tiene tres niveles: literario, en este nivel podemos preguntarnos ¿quién?, ¿qué? ¿Dónde?, ¿por qué?; histórico, en este nivel se busca llegar al contexto histórico en el que surgió; y teológico, en este nivel se pretende descubrir lo que Dios quería decir en aquella situación. 2) La meditación, la interrogante principal es: ¿qué me dice el texto y qué nos dice a toda la comunidad?; la meditación indica el esfuerzo que se hace para actualizar el texto y traerlo dentro del horizonte de nuestra vida y de nuestra realidad, tanto personal como social. 3) La actitud de oración, ¿qué nos hace decir el texto a Dios?; dependiendo de lo que se oyó de parte de Dios en la lectura y la meditación, la respuesta puede ser de alabanza, de acción de gracias, de petición o de perdón, puede ser incluso de rebeldía, como fue la respuesta de Job, Jeremías y de los salmistas. 4) La contemplación, después de haber leído y escuchado a Dios, después de haber escuchado el sentido, y después de haberlo transformado en oración; ahora teniendo todo eso en la mente y en el corazón, empezamos a ver y entender la vida, la historia, la situación de nuestro pueblo de América latina, los pobres; esta manera diferente de ver y entender nuestra realidad es la contemplación que nos lleva a una nueva acción; porque descubrimos que Dios no está ausente de la realidad.