jueves, 8 de septiembre de 2011

Lectura orante de la Biblia desde América Latina

La Iglesia como madre y maestra nos propone, que el mes de septiembre sea un mes dedicado a la Santa Biblia; no porque se tenga que leer solamente en este mes durante todos los días; sino, sobre todo, para recordarnos que el alimento primordial, juntamente con la Fracción del pan, en nuestro peregrinar es la palabra de Dios que se encuentra en la Santa Biblia: esta maravillosa colección de libros, que a pesar de que hayan trascurrido más de veinte siglos, después de la redacción de los últimos libros de la Biblia, nos sigue leyendo e interpelando; por eso es una gracia que cuando recurrimos a ella con preguntas y lo que encontramos son más preguntas; en ese sentido acercarnos a la Biblia es aceptar la interpelación del Señor; Él nos hablará y leerá nuestra vida: “pues, viva es la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta la división entre alma y Espíritu, articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y pensamientos del corazón” (Heb 4,12)
La práctica de la lectura orante, tiene su origen en las primeras comunidades cristianas: “se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en la oración” (Hech 2,42); así mismo el Nuevo testamento es el resultado de la lectura que los primeros cristianos hacían del Antiguo Testamento a la luz de sus problemas y a la luz de la Nueva Revelación que Dios hizo de sí a través de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, vivo en medio de la comunidad. Sin embargo también hubo una época en que la lectura orante no fue fomentada, ni siquiera en la vida religiosa; pues era el infeliz efecto de la contrarreforma, que tenía miedo a que los fieles hagan una interpretación individualista, que rompía la comunión con la Iglesia. Pero con el Concilio Vaticano II se recupera la tradición antigua, y en la Dei Verbum, recomienda la lectura orante (DV 25).
La lectura orante, para evitar desviaciones supone algunos principios: la Unidad de las escrituras; la actualidad o encarnación del evangelio; y la fe en Jesucristo vivo en la comunidad. También la Iglesia a lo largo de la historia ha ido cultivando esta lectura orante en base a cuatro pasos fundamentales, tanto para la lectura individual como comunitaria: 1) La lectura, trata de responder a la pregunta ¿qué dice el texto?; es un paso para conocer y amar la palabra de Dios; esta lectura no se puede hacer superficial; sino ante todo debe ser una lectura perseverante y diaria, y eso exige disciplina; también este tiene tres niveles: literario, en este nivel podemos preguntarnos ¿quién?, ¿qué? ¿Dónde?, ¿por qué?; histórico, en este nivel se busca llegar al contexto histórico en el que surgió;  y teológico, en este nivel se pretende descubrir lo que Dios quería decir en aquella situación. 2) La meditación, la interrogante principal es: ¿qué me dice el texto y qué nos dice a toda la comunidad?; la meditación indica el esfuerzo que se hace para actualizar el texto y traerlo dentro del horizonte de nuestra vida y de nuestra realidad, tanto personal como social. 3) La actitud de oración, ¿qué nos hace decir el texto a Dios?; dependiendo de lo que se oyó de parte de Dios en la lectura y la meditación, la respuesta puede ser de alabanza, de acción de gracias, de petición o de perdón, puede ser incluso de rebeldía, como fue la respuesta de Job, Jeremías y de los salmistas. 4) La contemplación, después de haber leído y escuchado a Dios, después de haber escuchado el sentido, y después de haberlo transformado en oración; ahora teniendo todo eso en la mente y en el corazón, empezamos a ver y entender la vida, la historia, la situación de nuestro pueblo de América latina, los pobres; esta manera diferente de ver y entender nuestra realidad es la contemplación que nos lleva a una nueva acción; porque descubrimos que Dios no está ausente de la realidad.

viernes, 12 de agosto de 2011

Estudiar Filosofía, ¿para qué? (Gonzalo Bengolea)

La pregunta inicial y obligatoria para responder a esta aporía fundamental en la vida del seminario es ¿Cuál es el sentido que tiene el estudio de esta disciplina del conocimiento para un seminarista como futuro presbítero?
Antes de cualquier argumentación que queramos realizar, debemos tratar de entender ¿Qué es la filosofía? Dirigiéndonos a la raíz etimológica de esta palabra, encontramos su origen ya en el idioma griego, en que la palabra Fhilos=amor a; y Sophia=sabiduría, nos dan una definición como “amor a la sabiduría”. Otros definen filosofía como “el ejercicio de la razón para buscar la verdad, los principios o fundamentos de las cosas”. En fin, si quisiéramos analizar la definición de filosofía, abarcaríamos varias páginas y nos desviaríamos del tema central de este artículo. Quedémonos con la primera definición: amor a la sabiduría.
Trataremos de responder ahora cuál es el sentido del estudio de la filosofía para un seminarista en formación hacia el sacerdocio. Partimos de la siguiente pregunta ¿para qué estudiar 2 o 3 años de filosofía, si después debemos estudiar otra disciplina como la Teología? ¿Se relacionan en algo estas dos ciencias del saber? A simple vista, no, pero ya explicaremos el vinculo que tienen.
El ser humano como tal, siempre se ha preguntado por el sentido, y origen de las cosas que lo rodean. Ya Aristóteles decía en el libro primero de la metafísica “todo hombre, por naturaleza desea saber”. Quiere saber porque los fenómenos se dan de tal forma y no de otra, pero por sobre todo le interesa cuestionarse por la existencia del ser superior, que crea todo y que da movimiento a nuestro mundo: Dios. Aristóteles dirá también que “toda filosofía es teología”, puesto que por medio de la razón, también podemos llegar a Dios.
Ya en la edad media, surgen dos frases, con carácter de sentencia respecto a la filosofía y la teología para la formación, sobretodo religiosa: “fides quarens intellectum” que traducido a nuestra lengua quiere decir “la fe necesita del intelecto” y “philosophiae anchilla theologia” (la filosofía es  “sierva” de la teología). Estas expresiones no gustaron mucho a algunos estudiosos de la filosofía, puesto que la filosofía siempre fue independiente y no debía someterse a otra ciencia como la teología.
Pero esas dos frases mencionadas, nos afirman que podemos desprender el sentido y utilidad del estudio de la filosofía en la formación inicial para los seminaristas y religiosos. A Dios podemos llegar por dos caminos: por la razón, valiéndonos de la filosofía y por el camino de la fe, que comprende la sagrada escritura y la teología revelada.
El sentido que tiene es más bien práctico que especulativo. Si bien es cierto que a Dios lo demostramos por estos dos caminos mencionados, ya sea por la razón o por la fe; ahora si solo nos quedamos con el ala de la fe, caeríamos en el fideísmo (creer por creer o en términos coloquiales la fe del carbonero), ahora si solo lo hacemos desde la pura razón, caemos en un racionalismo, de un Dios que no es personal, no es un Dios providente y amoroso, sino un Dios que crea las cosas, pero no se vincula con el hombre que el crea, una suerte de “demiurgo platónico que está en el mundo del las ideas o en el hiper uranós”, cuya misión fundamental es ordenar y solo ordenar lo que está en el mundo sin involucrarse en él.
La filosofía tiene también el sentido de entregarnos herramientas, para desarrollar una habilidad que es bastante poco común en la cultura y parámetro en la que vivimos: aprender a pensar, así como también el aporte de esta ciencia, es ayudar a clarificar, depurar y fortalecer la fe, ya sea a nivel personal como comunitario.
Y el papa beato Juan Pablo II, nos dice en su encíclica “fides et ratio” (fe y razón), que  tanto la filosofía como la teología son las dos alas para llegar a la verdad, que es Dios mismo. Es por este motivo que nosotros los seminaristas antes de estudiar la teología, estudiamos brevemente la filosofía, pues como dijimos antes, estas dos ciencias se complementan entre sí.
-Datos tomados del libro. “Filosofía”, de Cesar Tejedor.

lunes, 25 de julio de 2011

Testimonio de vida del Pbro. Nicolás Velásquez

Tomado de su homilía en la Eucaristía de Inauguración del segundo semestre smnsj, en fecha 23/07/2011
1.      Dar gracias a Dios por la vida y la vocación
El Pbro. Nicolás comenzó su reflexión  recordando que a horas  18:30 comenzaba la ceremonia de la ordenación, junto a seis hermanos, por lo que afirmó: “quiero agradecer a Dios por el don de la vocación, que no es algo que nos pertenece, sino que es algo que Dios confirma”. Y continuó “de seminarista, muchas veces no nos damos cuenta, pero ya en el trabajo, uno va tomando conciencia”. “En el año 1988, cuando iniciamos éramos 53 propedeútas, de los cuales 7 nos hemos ordenado y actualmente 3 ejercemos el ministerio. El diaconado lo recibimos 12 el 27 de julio de 1995, a los 400 años del SCSC, de los cuales muchos quedaron al margen”.
Ya van entre 16 y 17 años que ha estado trabajando en el Seminario, por donde han pasado más de mil jóvenes, de los cuales, sesenta ya se han ordenado sacerdotes. Allí se ha dado cuenta que la vocación es un regalo que hay que cuidarlo como una planta: regarlo, podarlo y hacerlo desde Dios y no desde lo humano.
Otro regalo que agradeció fue la vida, en la presencia de su madre, que fue como su hardware y su padre que fue como su software; por lo que en los momentos más difíciles fue en su familia donde pudo recomenzar; pero eso no significa menoscabar la familia sacerdotal en el presbiterio, por lo que agradeció a ambos.
También agradeció a la Iglesia como madre que le ha parido, por eso con tristeza dijo: “no entiendo cuando un seminarista, un sacerdote o ve un obispo pueda hablar mal de la Iglesia”; pues para él todo su estudio lo hizo a la sombra de la Iglesia, que es ese don, ese instrumento que Dios ha dado para salvar la humanidad.
2.      Comentario sobre la experiencia de su ministerio sacerdotal
Desde que egresó del seminario ha dedicado su vida a la formación sacerdotal en el Seminario, por eso, la razón de su ser y hacer sacerdotal ha sido la formación sacerdotal. Desde seminarista en formación tuvo como prioridades la familia, por ser la célula básica de la sociedad, la Iglesia doméstica y el lugar más sagrado de la vida humana, asimismo, la formación del clero diocesano nativo, la razón por lo que dedica su servicio pastoral en el Seminario Mayor Nacional “San José” en Cochabamba. Le interesa dignificar y cualificar la formación del clero boliviano, dado que el sacerdote no sólo es importante para la Iglesia sino también para la sociedad.
También confesó que su sacerdocio lo vive con pasión, por ello, afirmó con convicción que si volvería a nacer, no dudaría a volver ser presbítero, por servir a la humanidad que es la pasión de Cristo.
Respecto a las dificultades se dio cuenta que las fuerzas para superarlas no vienen de uno mismo, sino que es el mismo Señor que va poniendo delante de nosotros, para ayudarnos a profundizar y purificar nuestra opción de vida a estilo de Jesús el Buen Pastor. También reconoció que su familia, la universidad y el seminario han hecho todo para su formación; pero también la vida con los golpes y el trabajo le siguen formando cada día, y que es ante el crucificado donde puede comprenderlos.
Finalmente instó a todos a agradecer a Dios por el don de la vocación y por lo que va a significar este segundo semestre, para que Él (Señor) sea el protagonista en nuestra vida personal y comunitaria, hacer amistades duraderas al estilo de Jesús, el amigo que nunca falla.

martes, 14 de junio de 2011

Homilía en el día de Pentecostés (Pbro. Omar Barrenechea) Domingo, 12 de junio de 2011
1.       ¿Quién es el Espíritu Santo?: es una de las tres personas de la Santísima Trinidad, junto con el Padre y el Hijo, forman un solo Dios, en una unidad de Amor. Los cristianos eso profesamos en el Credo, cuando decimos: creo en el Padre, creo en el Hijo y creo en el Espíritu Santo.
Hoy día es la fiesta del Espíritu Santo. Y ¿cuándo celebramos la fiesta del Padre?: Todos los días en que celebramos la misa, pero especialmente los domingos, donde nuestra oración está dirigida al Padre. Y ¿Cuándo es la fiesta del Hijo? Varias ocasiones: Navidad, Corpus Cristi, Semana Santa, Bautismo del Señor, etc.; en los momentos claves en el plan de la salvación. Y ¿cuándo es la fiesta del Espíritu Santo?: Pentecostés; parece un poco apagado la fiesta del Espíritu Santo, por eso tenemos que reavivar en nosotros la presencia del Espíritu Santo.
2.      ¿Cuál es la misión del Espíritu Santo en la Iglesia?
a.       Santificar, nosotros somos pecadores por nuestra naturaleza humana, pero el Espíritu Santo es como el alma de la Iglesia, que nos santifica a través de los sacramentos.
b.      Guiar, guía, renueva y rejuvenece a la Iglesia. Por eso en este día en que también festejamos los cumpleaños de la Iglesia, vemos que en sus dos mil años, aparecen nuevos carismas, y así sigue renovando el Espíritu y suscitando los corazones.
c.       Distribuir dones, distribuye sus dones a cada uno de sus miembros; pero estos dones ¿para qué sirven?; pues cada uno de esos tiene algo especial, específico, el don se da para algo. ¿Cuántos regalos (dones) recibimos del Espíritu Santo? Siete: Temor de Dios, consejo, ciencia, fortaleza, piedad, entendimiento, sabiduría. El consejo es para saber encaminar, aconsejar, tener la palabra oportuna para los demás en la vida; la ciencia nos ayuda a discernir qué es lo bueno y qué es lo malo; la fortaleza es la fuerza para no tener miedo; es la valentía para actuar en la vida, según la gracia de Dios; la  piedad crea en nosotros sentimientos y deseos de recurrir a Dios; el  entendimiento es entender las cosas de Dios, penetrar en las cosas misteriosas de Dios, por ejemplo comprender cómo el pan y el vino se convierten en Cuerpo y Sangre de Cristo; la  sabiduría nos encamina a las cosas grandes de Dios, para llegar a conocer los grandes misterios de Dios; el Temor de Dios hace que caminemos por su ley, sobre todo nos hace capaces de amar a los demás.
3.      ¿Tenemos ese Espíritu Santo?: si lo tenemos; y ¿Cuándo lo recibimos?: en el Bautismo y en la confirmación. Sin embargo muchas veces no lo dejamos crecer, y nuestro Espíritu sigue flaquito. Hoy, día de Pentecostés, ¿qué le pediremos al Señor?: que estemos conscientes que tenemos el Espíritu Santo.
Los obispos reunidos en Aparecida, en la V conferencia del Episcopado Latinoamericano, el año 2007 afirmaban: “los cristianos de ahora debemos dejarnos guiar por el Espíritu Santo, y así vivir un Nuevo Pentecostés”; si nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, seremos mejores cristianos y mejores discípulos misioneros. Tenemos ejemplos en los santos y las santas que se dejan guiar por el Espíritu Santo plenamente.

lunes, 23 de mayo de 2011

Celibato, don de Dios y signo de vida (Sem. José Duvertty Vaca V.)


El celibato sacerdotal es un «don peculiar de Dios» (C.D C. nº277), es parte del don de la vocación  que capacita a quien lo recibe para la misión particular que se le confía. Por ser don tiene la doble dimensión de elección y de capacidad para responder a ella. Conlleva también el compromiso de vivir en fidelidad al mismo don.El celibato es también un «signo de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia» (Cat. Igl. Cat. nº 1579) y que él ya vive de una manera particular en su consagración. El sacerdote, en la aceptación y vivencia alegre de su celibato, anuncia el Reino de Dios al que estamos llamados todos y del que ya participamos de alguna manera en la Iglesia
Se entiende que para muchos el celibato sea incomprensible. La mayoría de las personas están llamadas al matrimonio, vocación más fácil de entender al nivel natural. El celibato no se puede entender sin una gracia especial sin la cual sólo se ve aquello a lo que se renuncia. Pero hay mucho más, se renuncia no para quedarse en el vacío sino porque Dios quiere unir nuestro corazón al suyo que es todo amor. Es por El que renunciamos al deseo natural de tomar esposa y tener una familia propia. Aunque es cierto que el celibato libera para poder dedicarse más al apostolado, pero esa no es su razón principal. El celibato es ante todo ofrenda a Cristo de un corazón indiviso. Lo hacemos impulsados por un amor loco que se entregó por nosotros sin medir consecuencias. Lo hacemos para ir más allá y vivir sólo para El y como El. El celibato es entonces un signo de la vida del cielo donde el amor no es carnal sino pura participación de la vida divina (Mt 22, 29). Toda vocación requiere negación de sí por amor a Cristo, la fe nos lleva a confiar en que Cristo nos da la gracia  para una vida nueva, una entrega más radical que sirva de signo para el mundo del amor del cielo. 
Las tentaciones no se vencen huyendo de la vocación,  sino viviéndola bien, en profunda gratitud y entrega. El sacerdote que vive bien su sacerdocio tendrá la asistencia divina para una generosa entrega de su corazón, en su relación personal con Dios y con la Virgen nuestra Madre. Entonces, dándose en la pastoral, sirviendo como padre al pueblo de Dios.

martes, 3 de mayo de 2011

ANIVERSARIO

Este primero de mayo el Seminario Mayor Nacional estuvo de Aniversario. Cumplió sus 46 años al servicio de la Iglesia de Bolivia, en la formación de los futuros presbíteros.

Los festejos se iniciaron con el triduo a San José, desde el día miércoles 27 hasta el día 29. Luego se prosiguió con la gran serenata, donde se vio la riqueza cultural de los seminaristas, procedentes de diferentes jurisdicciones eclesiales del país y de otros paises.

El acto central fue el primero de mayo, entorno a la Eucaristía, presidida por Mons. Adolfo Bittschi y concelebrada por Mons. Ricardo Centellas, formadores y presbíteros que se unieron a la fiesta. En la Eucaristía se tuvo también la recepción de albas de parte de los seminaristas del primer año de Teología. Concluida la Acción de Gracias se degustó de los distintos platos, preparados para la kermesse, que fue organizado por los seminaristas del cuarto año de teología.