lunes, 23 de mayo de 2011

Celibato, don de Dios y signo de vida (Sem. José Duvertty Vaca V.)


El celibato sacerdotal es un «don peculiar de Dios» (C.D C. nº277), es parte del don de la vocación  que capacita a quien lo recibe para la misión particular que se le confía. Por ser don tiene la doble dimensión de elección y de capacidad para responder a ella. Conlleva también el compromiso de vivir en fidelidad al mismo don.El celibato es también un «signo de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia» (Cat. Igl. Cat. nº 1579) y que él ya vive de una manera particular en su consagración. El sacerdote, en la aceptación y vivencia alegre de su celibato, anuncia el Reino de Dios al que estamos llamados todos y del que ya participamos de alguna manera en la Iglesia
Se entiende que para muchos el celibato sea incomprensible. La mayoría de las personas están llamadas al matrimonio, vocación más fácil de entender al nivel natural. El celibato no se puede entender sin una gracia especial sin la cual sólo se ve aquello a lo que se renuncia. Pero hay mucho más, se renuncia no para quedarse en el vacío sino porque Dios quiere unir nuestro corazón al suyo que es todo amor. Es por El que renunciamos al deseo natural de tomar esposa y tener una familia propia. Aunque es cierto que el celibato libera para poder dedicarse más al apostolado, pero esa no es su razón principal. El celibato es ante todo ofrenda a Cristo de un corazón indiviso. Lo hacemos impulsados por un amor loco que se entregó por nosotros sin medir consecuencias. Lo hacemos para ir más allá y vivir sólo para El y como El. El celibato es entonces un signo de la vida del cielo donde el amor no es carnal sino pura participación de la vida divina (Mt 22, 29). Toda vocación requiere negación de sí por amor a Cristo, la fe nos lleva a confiar en que Cristo nos da la gracia  para una vida nueva, una entrega más radical que sirva de signo para el mundo del amor del cielo. 
Las tentaciones no se vencen huyendo de la vocación,  sino viviéndola bien, en profunda gratitud y entrega. El sacerdote que vive bien su sacerdocio tendrá la asistencia divina para una generosa entrega de su corazón, en su relación personal con Dios y con la Virgen nuestra Madre. Entonces, dándose en la pastoral, sirviendo como padre al pueblo de Dios.

1 comentario:

  1. Que Dios te bendiga hermano, rezo por tu perseverancia.

    Saludos a la distancia...

    Raúl.

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